El pulso de la calle… y el pulso que nos falta
He leído con atención el artículo de José Félix Tezanos, El Pulso de la Calle, y creo que merece una reflexión constructiva, ya que a mi criterio tiene argumentos muy interesantes, pero también presenta a mi criterio una carencia: explica mucho mejor lo que hacen mal las derechas y sus peligros asociados, que lo que deberíamos hacer nosotros para evitar que las derechas puedan ganar.
Tezanos pone el foco en una cuestión que no es menor, y que es el tradicional “mal perder” de buena parte de las derechas españolas y su dificultad histórica para aceptar que el poder también cambia de manos. El artículo recorre esa idea desde la República hasta nuestros días y recuerda episodios de enorme dureza política. Hasta aquí, poco que matizar.
Pero además de esa realidad, creo que los militantes que quieren saber y comprender, se hacen una pregunta básica que a su vez es incómoda: ¿Las derechas ganan solamente porque son especialistas en dominar la propaganda doctrinaria?. Creo que no, y aquí es donde echo de menos en el artículo una segunda parte del análisis.
Las derechas pueden tener un mal perder monumental, una vocación casi genética por considerar que el poder les pertenece por derecho natural, y una preocupante tendencia a pensar que cuando gobierna la izquierda el resultado electoral es una especie de accidente administrativo, pero eso no explica por sí solo sus victorias.
Las derechas ganan cuando las izquierdas les damos argumentos suficientemente contundentes para que una parte de la sociedad busque refugio en ellas. Y esos argumentos no los inventa la derecha, los fabricamos nosotros cuando hay corrupción, mediocridad, arrogancia, falta de democracia interna, pérdida de conexión con la calle, dirigentes que se eternizan, militantes que dejan de ser escuchados o una organización más preocupada por conservar sus equilibrios internos y el status quo, que por entender qué está pasando fuera de sus paredes. Y esto también forma parte del pulso de la calle. Porque podemos hacer cien análisis demoscópicos, estudiar veinte encuestas y descubrir el último decimal del CIS, pero hay una encuesta que no necesita muestra estadística:
Salir a la calle, sentir el pulso y escuchar, incluso aquello que no nos gusta:
- Escuchar al que está enfadado.
- Al que se siente inseguro.
- Al que piensa que su barrio ha cambiado demasiado deprisa.
- Al que tiene miedo de perder su empleo.
- Al que está preocupado por sus hijos y quiere tener una familia estable.
- Al que habla de inmigración.
- Al que quiere ver la bandera de su país sin que nadie le explique que eso le convierte automáticamente en conservador y siente orgullo de ser español.
Porque aquí creo que hemos cometido un error estratégico enorme. La izquierda ha regalado demasiadas palabras a la derecha: seguridad, familia, patria, nación, bandera, orden, esfuerzo, autoridad, comunidad, e incluso orgullo. Hemos permitido que algunos de estos conceptos parezcan propiedad registral de las derechas, cuando ninguno de ellos tiene dueño ideológico.
- ¿Acaso la seguridad no es un derecho de quien vive en un barrio trabajador?
- ¿Acaso la familia no es también una preocupación profundamente progresista?
- ¿Acaso amar España obliga a ser de derechas?
- ¿Desde cuándo una bandera tiene ideología?
- ¿Y desde cuándo defender el orden significa necesariamente defender la desigualdad?
La izquierda debería recuperar esos conceptos y darles contenido progresista, en lugar de abandonarlos para que otros los rellenen con sus propios significados, porque cuando dejamos un espacio vacío, alguien acaba ocupándolo, y normalmente no viene con las manos vacías.
Otra cuestión a todas luces fundamental es que las sociedades no siempre votan a favor de algo, muchas veces votan para defenderse de algo, o en contra de algo. Cuando una persona siente que su mundo cambia demasiado deprisa, que nadie le escucha, que sus problemas cotidianos son secundarios frente a grandes discursos, puede activar un mecanismo de defensa, y entonces aparece el voto conservador, no necesariamente porque esa persona se haya convertido de repente en reaccionaria, a veces simplemente está buscando seguridad, estabilidad, pertenencia y alguien que le diga que entiende sus preocupaciones.
Si nosotros no somos capaces de ofrecerle esas respuestas desde una perspectiva progresista, otros lo harán, y ahí las derechas hoy encuentran un terreno muy abonado. Por eso creo que no basta con afirmar que las derechas tienen mal perder, tenemos que conseguir que tengan pocas oportunidades de ganar, y para eso no sirve únicamente con denunciar, hay que hacer autocrítica, porque una organización política sin pensamiento crítico acaba convirtiéndose en una organización que se escucha a sí misma, y termina creyendo que la calle piensa lo que ella piensa, hasta que llega el día de las elecciones y descubre, generalmente con bastante sorpresa, que la calle no compra su discurso, incluso habiéndole mejorado de manera exponencial su seguridad y su estatus vital.
Llegados a este punto, me viene a la cabeza una reflexión atribuida a Albert Camus que creo que encaja perfectamente:
«En lo más crudo del invierno, aprendí por fin que dentro de mí había un verano invencible».
Porque ese debería ser nuestro espíritu, no resignarnos, no abandonar, no entregar el PSOE a quienes consideran que cuestionar es molestar, y discrepar es traicionar. Precisamente en estos momentos, tenemos que hacer todo lo contrario. El pensamiento crítico no debilita una organización democrática, la mantiene viva y la hace evolucionar.
Abusando del pensamiento de Camus, aparece una segunda reflexión todavía más incómoda:
«La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas».
Esta es una idea que deberíamos grabarnos a fuego, porque las democracias no se pierden únicamente porque aparezcan en la política gente que no cree en la democracia. También se pierden cuando los demócratas dejan de vigilar, dejan de participar, dejan de debatir, dejan de exigir transparencia o aceptan que pensar diferente dentro de una organización es un problema.
Por eso, frente al artículo de Tezanos, yo añadiría una conclusión: No debemos tener miedo a las derechas, debemos tener miedo a convertirnos en una izquierda que deje de entender a la sociedad. Las derechas tendrán su mal perder, sus exageraciones, sus propagandas, sus discursos apocalípticos, etc., pero no podemos construir nuestra estrategia política esperando que el adversario se equivoque, o que la gente se canse de sus improperios.
Tenemos que conseguir que la ciudadanía tenga razones para elegirnos, y eso exige algo mucho más difícil que ganar una discusión en X, en un grupo de WhatsApp o en una asamblea. Exige volver a escuchar, volver a convencer, volver a emocionar, y volver a hablar de las cosas que le importan a la gente. Y, sobre todo, volver a entender que ser socialista no consiste en pensar todos lo mismo, sino en compartir unos valores y tener la libertad suficiente para discutir cómo defenderlos mejor.
Porque quizá el verdadero pulso de la calle no esté únicamente en saber qué piensa la sociedad, quizá esté en preguntarnos si nosotros todavía somos capaces de escucharla cuando no dice exactamente lo que queremos oír. Y esa sí que sería una buena encuesta…., sin CIS y sin margen de error.
Porque una izquierda sin pensamiento crítico puede ganar unas elecciones, pero una izquierda sin pensamiento crítico, tarde o temprano, pierde algo mucho más importante: la capacidad de transformar la sociedad.



