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Opinión,  Política

Enma Lopez y el pecado de pensar diferente

La carta de Enma López, la respuesta de Manuel de la Rocha y una pregunta incómoda para todos nosotros

Hay días en los que la política interna de un partido te deja un sabor agridulce en la boca, y precisamente en esos días, conviene parar, templar, leer y reflexionar profundamente. Desgraciadamente hoy es uno de esos días, porque lo ocurrido con Enma López después de las primarias socialistas de Madrid no debería despacharse simplemente como una reorganización del Grupo Municipal Socialista. Formalmente, se puede presentar así, políticamente, resulta bastante más complicado.

La carta de Enma: “Lo asumo, pero no lo comparto”

La carta de Enma López tiene, de entrada, una virtud poco frecuente en política interna: no necesita levantar la voz para ser contundente.

Después de que Reyes Maroto le comunicara su salida de la dirección del Grupo Municipal Socialista, de la portavocía adjunta y de la coordinación de los vocales vecinos, Enma responde que es una decisión que asume, pero que no comparte.

Y aquí empieza lo interesante, porque podría haber presentado la decisión como una persecución, haber convertido el asunto en una guerra pública, haber anunciado su ruptura con la dirección, e incluso, podría haber utilizado el 45% de los votos obtenidos en las primarias como una bandera de resistencia.

Pero no lo hace, y dice algo mucho más incómodo: acepto la decisión, pero no considero que sea coherente con mi manera de entender las primarias y la democracia interna.

Y eso merece ser escuchado, porque aceptar una decisión no obliga a compartirla, ni a renunciar a tener opinión sobre ella. Esto que en una democracia parece una obviedad, a veces, en el ámbito de los partidos políticos las obviedades necesitan ser recordadas.

Enma pone el foco en las primarias

El núcleo de su argumento se sustancia en que ella participó “en libertad” en las primarias y que ese compromiso no desaparece porque no las haya ganado. Pero además hay una cifra detrás: 841 militantes votaron por ella, y Reyes Maroto obtuvo 1.045, en términos relativos un 55% frente a 45%.

Desde el primer momento reconoció sin matices que no ganó, pero tampoco perdió por goleada, ya que casi la mitad de la militancia que participó consideró que Enma López debía encabezar la candidatura socialista al Ayuntamiento de Madrid en 2027.

Ese 45% no es una nota a pie de página, es militancia, compañer@s, agrupaciones. Son en el fondo personas que participaron en un proceso que el propio partido considera democrático y del que necesita alimentarse. Realmente, ese 45% no desaparece porque haya terminado el recuento, y aquí aparece la primera pregunta que debería hacerse cualquier socialista: ¿Qué hacemos con quienes no ganaron las primarias?

¿Los integramos?, ¿Los escuchamos?, ¿Aprovechamos su capacidad?, ¿Reconocemos su legitimidad?; ¿O interpretamos que competir contra quien finalmente gana supone haber roto una supuesta lealtad previa?

Todo esto supone una contradicción que deberíamos analizar con serenidad, ya que, si queremos que la militancia participe, debemos aceptar que participar significa competir, y que competir significa también que alguien puede perder.

Pero si quien pierde queda automáticamente penalizado por haber competido, podemos estar enviando un mensaje bastante perverso: “Las primarias son libres, pero procura saber contra quién te presentas”. Que, aunque no es una prohibición formal, en la práctica es una manera muy eficaz para desincentivar la participación.

La respuesta de Manuel de la Rocha

Y entonces aparece el mensaje de Manuel de la Rocha que, a mi juicio, no se limita a ponerse del lado de Enma, convierte el caso particular en una cuestión de modelo de partido.

Su mensaje viene a decir que, si estamos de acuerdo con lo que ha planteado Enma, no basta con darle la razón tenemos que sacar conclusiones, ya que en política es relativamente fácil indignarse, pero lo complicado es preguntarse: ¿Y ahora qué hacemos?

El mensaje pone sobre la mesa una cuestión que afecta directamente a los órganos de dirección: ¿Este tipo de decisiones, aunque puedan ser legalmente posibles desde el punto de vista estatutario, son políticamente legítimas?

Legalidad no es lo mismo que legitimidad

Un partido político tiene reglas y deben cumplirse. Pero una organización democrática no puede limitarse a preguntar si algo es legal, también debería preguntarse si es legítimo, conveniente y políticamente inteligente, ya que hay muchas cosas que pueden ser legales y, sin embargo, en la práctica resultan un desastre político. Por ello es necesario poner el foco en ¿qué consecuencias tiene esta actuación sobre la militancia y sobre el electorado?, cuestión que muchas veces olvidamos.

Los partidos no existen para satisfacer únicamente las necesidades de su estructura interna, existen para representar a la sociedad. Y si la sociedad observa que después de unas primarias una candidata que obtiene casi la mitad del apoyo de la militancia es apartada de las responsabilidades que venía desempeñando, puede hacerse preguntas bastante sencillas, pero a la vez bastante incómodas.

¿Dónde están los órganos del partido?

Si consideramos que lo sucedido es grave y problemático, ¿qué dicen al respecto los máximos órganos del partido entre congresos?, ¿qué dice el Comité Regional y el Federal?, ¿qué dicen quienes tienen responsabilidad política?

Si están de acuerdo y alineados con la decisión, lo lógico sería explicarlo. Si consideran que se trata simplemente de una decisión organizativa, deberían también poderlo explicar a la militancia.

Lo que empieza a resultar más difícil cada día es entender el silencio. Porque el silencio tiene una peculiaridad: cada uno lo interpreta como quiere, y dentro de una organización política el silencio puede terminar pareciendo consentimiento.

Por todo ello, sería muy conveniente que aquellos cargos que todos conocemos y que en privado manifiestan dudas, discrepancias o incomodidad tengan también la valentía de expresarlo públicamente, porque una organización no puede funcionar permanentemente con dos discursos, uno para el petit comité, y otro para la foto oficial.

Existe una patología bastante habitual en los partidos, que es el fascinante fenómeno de las dos personalidades políticas que se puede escenificar en una secuencia tipo de lo mas habitual:

Manifestaciones en privado:

  • “Esto no me parece bien.”
  • “Se están equivocando.”
  • “Esto va a traer problemas.”
  • “Yo no lo habría hecho así.”
  • “Ya sabes lo que pienso.”

Reunión orgánica y/o institucional:

  • Silencio.
  • Votación.
  • Aplauso.
  • Foto.
  • Y comunicado: “Unidad, cohesión y fortaleza.”

Es una especie de esquizofrenia política perfectamente compatible con los estatutos. El problema es que los militantes terminan comprobando que quienes les dicen una cosa en privado hacen otra en público, y aparece algo mucho más peligroso que la discrepancia, la desconfianza.

Después de todo este análisis, sería demasiado fácil quedarnos en lo mal que lo han hecho, la injusticia y la vergüenza que ha supuesto esta actuación, y continuar tranquilamente con nuestra vida orgánica.

Si realmente creemos que existe un problema, entonces debemos preguntarnos qué responsabilidad tenemos cada uno de nosotros en haber permitido que determinadas formas de hacer política interna se normalicen.

Llegados a este punto tengo que hacer una confesión personal, y es que desde hace algún tiempo me flagelo bastante con una pregunta: ¿Es bueno seguir apoyando a personas que, desde su poder y su carisma interno, permiten determinadas actuaciones y no las cortan de raíz?

Estoy hablando de personas concretas, de la cultura de valores asociada, y de la forma de entender el poder y el liderazgo en el seno de una organización política.

El problema no es Enma

Conviene decirlo muy claramente, esto no va de elegir entre Reyes Maroto y Enma López. Tampoco va de convertir a Enma en una heroína y a Reyes en la villana de una película de buenos y malos. Eso sería demasiado sencillo y desgraciadamente el problema es mucho más profundo.

¿Qué modelo de PSOE queremos?

Porque hoy estamos hablando de Enma y mañana puede ser otro compañero o nosotros mismos. La verdadera prueba de una organización sobre su nivel de democracia interna no está en comprobar cómo trata a quien gana. Eso es relativamente sencillo. La verdadera prueba está en comprobar cómo trata a quien pierde después de haber competido legítimamente.

Porque el ganador necesita autoridad, pero también necesita integrar. Y quien pierde necesita aceptar el resultado, pero eso no implica perder su dignidad ni su capacidad de pensar. Eso realmente es la esencia de la democracia.

“Fuenteovejuna, todos a una”. El grito fetiche

Después de la tormenta interna siempre aparece el meteorólogo de guardia con el mantra habitual, “Ahora toca unidad”. La frase sirve para casi todo, pero existe una pequeña diferencia que deberíamos de tener claro: unidad no significa unanimidad, y mucho menos significa obediencia.

Una organización puede estar profundamente unida y tener opiniones diferentes, de hecho, quizás las organizaciones fuertes sean precisamente aquellas capaces de soportar la discrepancia sin romperse. Si cada crítica amenaza supuestamente con destruir la unidad, entonces la unidad es bastante frágil.

Ramón Rubial y la Iglesia

Hace muchos años, casi en la prehistoria, escuché a un histórico del partido, Ramón Rubial, decirle a un compañero, mientras le echaba una pequeña bronca por su actitud ante una gestión social en el ámbito empresarial:

“Cuando una religión se convierte en Iglesia, se acaba la esperanza y se acaba la magia.”

No sé si Rubial pensaba entonces en lo que hoy estamos viviendo. Probablemente no. Pero la frase sigue teniendo una vigencia extraordinaria, porque un partido político puede ser muchas cosas.

Puede ser una organización, una estructura, puede tener estatutos, órganos, ejecutivas, comités, protocolos, reglamentos, etc.

Puede tener incluso grupos de WhatsApp donde se deciden cosas con una rapidez que ya quisiera la Administración General del Estado, pero si pierde la capacidad de ilusionar, de escuchar, de debatir y de permitir que sus militantes piensen por sí mismos, puede conservar perfectamente toda su estructura y haber perdido el alma.

Ahí está mi preocupación, que poco a poco pasemos de ser una organización política con militantes a convertirnos en una Iglesia con feligreses.

Y yo no quiero ser feligrés, quiero seguir siendo militante.

Poner la otra mejilla a dos carrillos

Durante demasiado tiempo quizá hemos entendido la lealtad como una obligación de poner la otra mejilla, una vez, y otra, y otra…… Hasta que alguien termina creyendo que el militante socialista tiene vocación bíblica.

Pues no, la lealtad no consiste en poner permanentemente la mejilla. La lealtad consiste en decirle a tu organización lo que crees que necesita escuchar, incluso cuando no gusta, o cuando es incómodo. Porque si todos callamos para supuestamente no perjudicar al partido, podemos terminar perjudicando al partido precisamente por haber callado.

Y quizá haya llegado el momento de decir: hasta aquí hemos llegado.

No hasta aquí con el PSOE. Todo lo contrario. Hasta aquí hemos llegado, con determinadas maneras de entender el PSOE.

¿Qué deberíamos hacer?, Conclusiones

Primera: recuperar la libertad interna

La militancia debe poder presentarse a unas primarias sin sentir que participar contra la opción finalmente ganadora supone hipotecar su futuro político.

Si queremos candidatos, necesitamos permitir que existan candidaturas. Parece revolucionario, pero realmente no debería serlo.

Segunda: separar disciplina y pensamiento

Se puede aceptar una decisión y discrepar de ella, cumplir una decisión y criticarla, y perder una votación y continuar pensando.

Eso no es deslealtad, eso es democracia y, sobre todo, sentido común.

Tercera: exigir responsabilidad a quienes tienen poder

Si los dirigentes consideran que una decisión es correcta, que la defiendan, y si creen que es incorrecta, que lo digan. Pero necesitamos abandonar esa confortable zona gris en la que todo el mundo parece estar en desacuerdo en privado y nadie lo está en público.

Cuarta: integrar al 45%

El 45% que votó a Enma no necesita ser tutelado, necesita ser escuchado y, sobre todo, necesita saber que su voto tuvo sentido. Porque si una organización quiere recuperar Madrid, no puede permitirse que casi la mitad de quienes participaron en sus primarias sientan que su opción ha sido simplemente apartada del camino, al albur de la famosa proclama “Roma no paga a traidores”.

Quinta: dejar de confundir unidad con silencio

La unidad debe construirse, no decretarse. No se puede pedir a alguien que olvide lo ocurrido simplemente porque ahora necesitamos una foto de familia. Las fotos familiares salen mucho mejor cuando nadie está obligado a sonreír.

La pregunta del marrón, más que del millón

Al final, quizá todo esto se reduzca a una pregunta muy sencilla: ¿Queremos un PSOE en el que los militantes puedan decidir sin matices, o un PSOE en el que los militantes puedan elegir entre las opciones que el poder considera aceptables?

La diferencia parece pequeña, pero no lo es, porque una cosa es tener primarias y otra muy distinta es tener cultura de primarias.

Y ahora, que venga la unidad,

Después de todo esto, naturalmente, habrá que trabajar juntos:

  • Habrá que ganar Madrid.
  • Habrá que enfrentarse a Almeida.
  • Habrá que construir una alternativa progresista.
  • Habrá que movilizar a la militancia.
  • Habrá que convencer a quienes hoy no votan.
  • Habrá que recuperar barrios.
  • Habrá que volver a hablar con la sociedad.

Y, por supuesto, habrá que estar unidos pero unidos de verdad.

Unidos porque, aun pensando diferente, compartimos un proyecto, y unidos porque sabemos que la discrepancia no destruye el partido. Lo que destruye un partido es que sus militantes dejen de creer que merece la pena luchar por él. Y por eso este episodio debería servirnos para algo más que para decidir quién tiene razón, debería servir para preguntarnos qué estamos construyendo.

Porque quizá el verdadero problema no sea que Enma López haya perdido unas primarias, o que haya sido apartada de determinadas responsabilidades. El verdadero problema sería que el siguiente militante que tenga una idea diferente mire todo esto y piense: “Mejor no me presento.”

Ese día habremos perdido unas primarias, pero habremos perdido también algo mucho más importante, la confianza. Y cuando una organización pierde la confianza de sus propios militantes, empieza a parecerse peligrosamente a aquello que decía Ramón Rubial, una religión convertida en Iglesia.

Yo personalmente sigo prefiriendo la esperanza y la magia. En el fondo, poder pensar, opinar, participar y construir, implica poder decir dentro de mi partido: “Esto no me parece bien.”, sin tener que pedir perdón por ello.

Porque, al final, quizá la mejor manera de demostrar lealtad al PSOE no sea poner permanentemente la otra mejilla. Quizás sea tener el valor de retirar la mejilla, y empezar a levantar la voz.

Enma
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