El doble rasero de la corrupción
Corrupción, justicia, medios y la extraña forma en que juzgamos a los nuestros y a los otros
Hay debates políticos que pueden parecen jurídicos, económicos o incluso éticos, pero en realidad son profundamente emocionales. Uno de ellos, aparece cada vez que se habla del patrimonio de un dirigente de izquierdas.
Basta observar algunas conversaciones en bares, reuniones familiares, tertulias o redes sociales. Si un expresidente conservador acumula un patrimonio considerable después de abandonar la política, muchos ciudadanos lo consideran algo relativamente normal. Ha dado conferencias, asesorado empresas, escrito libros, y en el fondo ha aprovechado sus contactos. Todo esto gustará más o menos, pero entra dentro de lo esperable.
Sin embargo, cuando el protagonista pertenece a la izquierda, el patrimonio suele adquirir una dimensión casi filosófica. Ya no se discute únicamente cuánto tiene o cómo lo ha conseguido. La pregunta pasa a ser otra:
“¿Pero…., ¿cómo puede tener tanto dinero alguien que es de izquierdas?”
No deja de ser una cuestión curiosa, porque la izquierda nunca ha defendido que las personas deban ser pobres. Lo que ha defendido históricamente es que la riqueza no otorgue privilegios incompatibles con la igualdad democrática, y que las oportunidades y los recursos estén razonablemente distribuidos.
Pero las percepciones públicas rara vez funcionan mediante razonamientos teóricos, funcionan mediante símbolos, emociones y expectativas, y ahí es donde comienza el verdadero problema.
El Betis, la política y los colores que llevamos puestos
Los béticos tienen una expresión maravillosa:
Muchos observadores externos interpretan esa frase como conformismo, y en realidad, es justo lo contrario. Es una declaración de identidad, y una forma de decir que la pertenencia al equipo está por encima de los resultados del domingo.
La política funciona muchas veces de manera parecida, los ciudadanos no solemos analizar a nuestros dirigentes como si fuéramos jueces imparciales. Lo hacemos como miembros de comunidades emocionales y culturales. Por este motivo, un mismo hecho puede generar interpretaciones completamente distintas según quién sea el protagonista.
Si el dirigente cuestionado es de los nuestros, buscamos explicaciones, pedimos prudencia y hablamos de contexto. Si es de los otros, buscamos culpables, exigimos contundencia y hablamos de escándalo.
Así acabamos transformando el análisis político en una especie de derbi permanente.
El problema aparece cuando el árbitro entra en el campo del juego político
Hasta ahora hemos hablado simplemente de los sesgos humanos relacionados con la corrupción, la cuestión se vuelve más compleja cuando aparece la justicia, porque el aficionado tiene derecho a ser parcial, el juez y el arbitro no.
Aquí emerge una percepción muy extendida en amplios sectores progresistas, que es que la judicatura española mantiene sensibilidades ideológicas predominantemente conservadoras. Aunque es posible que exista algo de verdad en esa afirmación, lo importante es si realmente condiciona la manera en que muchos ciudadanos interpretan determinadas actuaciones judiciales.
Cuando una parte de la ciudadanía cree que los árbitros simpatizan más con uno de los equipos, deja de analizar únicamente las jugadas y empieza a cuestionar la neutralidad del arbitraje. A partir de ese momento, cada investigación única se interpreta desde diferentes realidades: los adversarios del investigado creen que la justicia está haciendo su trabajo, y los partidarios creen que existe una motivación política oscura y/o lawfare.
Curiosamente, ambos grupos suelen encontrar argumentos supuestamente sólidos que confirman aquello que ya pensaban antes de que comenzara el procedimiento.
Cuando la opinión pública no nace sola
Existe además otro factor del que rara vez se habla con la suficiente claridad: la opinión pública no surge por generación espontánea.
Las personas construimos nuestras percepciones a partir de experiencias personales, conversaciones cotidianas y, sobre todo, de la información que consumimos. Conviene recordar que los grandes intereses económicos no suelen permanecer neutrales cuando están en juego cuestiones que afectan a sus beneficios, a sus posiciones de mercado o a su capacidad de influencia. No hace falta recurrir a teorías conspirativas, la realidad suele ser mucho más sencilla.
Cuando una política fiscal, laboral o regulatoria afecta a determinados intereses económicos, quienes tienen capacidad para influir intentan hacerlo, y para ello esta el famoso mantra del neoliberalismo español:
“El que pueda hacer, que haga.”
Con un objetivo final, que es disponer de gobiernos alienados con el liberalismo doctrinario, quien dispone de poder económico intenta defender sus intereses, quien dispone de influencia mediática intenta orientar el debate público, quien dispone de capacidad institucional intenta hacer valer sus posiciones, y desgraciadamente, todo ello termina formando parte del funcionamiento normal de cualquier sociedad democrática.
La cuestión relevante ya no es si existe esa influencia, que es evidente. Es hasta qué punto resulta eficaz realmente para sus intereses, ya que cuando determinados asuntos ocupan portadas durante semanas, tertulias durante meses y editoriales durante años, terminan configurando marcos mentales colectivos.
La gente no necesariamente adopta las conclusiones que se le sugieren, pero sí acaba asumiendo cuáles son los temas importantes, cuáles merecen indignación y cuáles deben permanecer en segundo plano.
Por eso algunos escándalos parecen terremotos nacionales mientras otros desaparecen del radar con sorprendente rapidez. No siempre es una cuestión de gravedad objetiva, muchas veces es una cuestión de visibilidad, y en el fondo la visibilidad es una forma de poder.
La pesada mochila moral de la izquierda
Existe un fenómeno particularmente interesante, la sociedad suele exigir a la izquierda estándares éticos más elevados que a la derecha. Puede parecer injusto, pero ocurre con frecuencia.
A un dirigente conservador se le presupone que defenderá posiciones favorables al mercado, a la iniciativa privada o a determinados intereses económicos. Cuando prospera económicamente, muchos ciudadanos perciben una cierta coherencia entre discurso y práctica.
En cambio, a un dirigente progresista se le asigna una obligación moral adicional, no basta con ser honrado, debe parecerlo, debe actuar como tal, y además debe encajar dentro de una determinada imagen simbólica de austeridad y compromiso social.
Por eso determinadas conductas generan una decepción mucho mayor cuando afectan a figuras identificadas con la izquierda, no se juzga únicamente el hecho, se juzga la supuesta contradicción e incoherencia.
La paradoja de la corrupción
En el contexto político actual encontramos una paradoja fascinante, cuando aparece un supuesto caso de corrupción que afecta a la derecha, una parte de la sociedad tiende a interpretarlo como un problema individual. Cuando afecta a la izquierda, con frecuencia se presenta como una traición colectiva.
En un caso se habla de personas y en el otro se habla de valores, y la diferencia es enorme, porque las personas pueden equivocarse, pero cuando se percibe que unos valores han sido traicionados, la reacción emocional suele ser mucho más intensa.
Conclusiones: ¿Por qué gran parte de la opinión pública percibe con más negatividad los supuestos casos de corrupción de la izquierda que los de la derecha?
En primer lugar, porque la izquierda suele presentarse como portadora de un proyecto ético de transformación social, lo que provoca que sus errores se juzguen con una vara moral más exigente.
En segundo lugar, porque existe una expectativa cultural según la cual los dirigentes progresistas deberían mantener una mayor distancia respecto al poder económico, los privilegios materiales y la corrupción.
En tercer lugar, porque una parte importante de la ciudadanía interpreta determinadas actuaciones judiciales a través de la percepción de que algunos sectores de la judicatura mantienen sensibilidades ideológicas conservadoras, lo que introduce un elemento adicional de desconfianza.
En cuarto lugar, porque los seres humanos rara vez analizamos la política como observadores neutrales. Lo hacemos desde identidades, emociones, recuerdos y sentimientos de pertenencia.
Existe también un quinto factor que por su importancia e influencia merece una atención especial:
El papel de los medios y de los intereses económicos
Los grandes centros de poder económico tienen motivos racionales para intentar influir sobre aquellas fuerzas políticas que pueden impulsar regulaciones, reformas fiscales progresivas, fortalecimiento de los servicios públicos o limitaciones a determinadas posiciones de poder económico.
Necesariamente, no significa que exista una conspiración única ni una estrategia perfectamente coordinada, la realidad suele ser mucho más compleja. Quienes disponen de recursos para influir rara vez renuncian a utilizarlos, y cuando encima cuentan con capacidad mediática, es lógico que intenten ponerla al servicio de sus intereses.
Como consecuencia, algunas contradicciones reciben una atención constante, algunas sospechas ocupan titulares durante meses, algunos errores se magnifican, y algunas percepciones sociales se consolidan mucho antes de que exista una sentencia judicial firme o incluso antes de que se conozcan todos los hechos.
Desde esta perspectiva, parte de la percepción más negativa que reciben los supuestos casos de corrupción de la izquierda no puede entenderse únicamente desde la conducta de los protagonistas. Se deben analizar desde la capacidad de determinados actores económicos y mediáticos para fijar la agenda pública, seleccionar prioridades informativas y construir marcos interpretativos favorables a sus intereses.
La opinión pública no es un paisaje natural, es un terreno de disputa donde compiten ideas, emociones, identidades, valores e intereses muy concretos, y en este contexto, quien consigue definir el relato suele comenzar la partida con varios goles de ventaja.
Quizá, por tanto, la pregunta no sea únicamente por qué unos casos de corrupción generan más indignación que otros, la pregunta verdaderamente importante es quién decide cuáles son las prioridades del debate y la agenda política, por cuánto tiempo, y bajo qué enfoque, porque cuando la política se convierte en una competición de hooligans incondicionales, la honestidad deja de medirse por los hechos y empieza a medirse por el color de la camiseta.
En ese momento ya no estamos hablando de justicia, estamos hablando de fútbol o de autos de fe



