El cambio que viene. Manual de supervivencia para militantes.
Cuando el cambio se pide a gritos… pero seguimos usando tapones
Llevamos años intentando cubrir con una manta diminuta aquello que no debería haberse escondido nunca: casos de acoso y abuso dentro del partido. Y ahí muchos estaban confiando, en que si nadie movía mucho la cabeza, quizá la realidad pasaría de largo. Truco viejo, y con resultado ya conocido.
Para mi “cerrar filas“, es hacer en cada momento lo mejor para la organización, y para mi en estos momentos lo urgente y necesario es iniciar un proceso de gestión del cambio de manera integral. Ya se intento hacer la revolución pendiente con los postulados del 39 Congreso, pero desgraciadamente no se ha conseguido, gracias a que el cambio se gestiono desde las actitudes interesadas de la profesionalización de la política mal entendida.
Si queremos un proceso de transformación real y no otro apaño para que la política profesionalizada mal entendida siga instaladísima en su sillón favorito, antes debemos asumir dónde estamos. Porque no se trata solo de unas cuantas actitudes machistas que, por arte de magia, aparecieron todas en el mismo espacio. El problema también está en la forma de gestionar instituciones como si fueran feudos, en los ascensos y promociones que se deciden más por afinidad que por mérito, y en esa rutina de convertir la profesionalización política en una especie de carrera de obstáculos donde el primer mandamiento es no incomodar a nadie con poder.
Y, claro, parte de la militancia contempla todo esto como quien mira un panel de luces parpadeando: y entonces algo pasa….., pero bueno…, ya se arreglará solo. El resultado real es que nunca se arregla solo, al revés siempre empeora.
Pronto volveremos a elegir a quien nos tendrán que coordinar en ese nuevo intento de proceso de cambio real. Esos perfiles que, en teoría, deberían ayudarnos a salir de este laberinto que ya acumula más capas que una cebolla roja encurtida. ¡Pero cuidado!, si votamos desde la emoción, “parece que es buena persona” o desde el “a ver si esta vez suena la flauta”, terminaremos haciendo un tour de turismo circular por los mismos errores con los que tropezamos continuamente.
¿Qué atributos deberían tener quienes aspiren a liderar el proceso de cambio?
Nada exótico, solo lo que debería ser normalidad en cualquier organización saludable:
- Honestidad de uso diario, sin horarios especiales.
- Rendición de cuentas, sin monólogos de distracción, ni excusas.
- Entender y practicar el liderazgo compartido. Lo institucional debe estar supeditado a lo orgánico
- Sensibilidad hacia problemas reales, no solo hacia focos y titulares.
- Criterio propio, resistente a cafés estratégicos y pasillos parlantes.
- Tener claro que la gestión política tiene limites. El fin no puede justificar los medios.
- Cultura democrática aplicada, incluso cuando nadie mira.
- Tolerancia cero al abuso de cualquier tipo, siempre y en cualquier circunstancia.
- Respeto genuino por la militancia, no solo en campaña interna.
- Autocrítica operativa, porque ya vamos sobrados de egos blindados.
- Voluntad firme de erradicar la política profesionalizada mal entendida, esa que convierte el servicio público en autopreservación y el liderazgo en zona VIP.
Y ahora, el final que toca
Si queremos cambio, ya no sirve aplaudir discursos huecos ni coleccionar promesas como si fueran pegatinas. Tampoco sirve votar con nostalgia, fe ciega o simpatías heredadas. Esa receta ya la probamos y el resultado fue un menú repetido hasta el hartazgo.
Así que conviene decirlo sin rodeos:
o elegimos liderazgos capaces de desmontar la política profesionalizada mal entendida, o seguiremos viviendo bajo su sombra como si fuera un destino inevitable.
No es inevitable.
No es natural.
No es aceptable.
Lo que viene exige incomodar, mover sillas, abrir ventanas y ventilar hábitos que llevan décadas oliendo a cerrado. Y quienes aspiren a guiarnos tendrán que demostrar que no se marean cuando sopla aire nuevo.
Así que, cuando llegue el momento de elegir, dejemos de buscar salvadores y empecemos a elegir responsables, que su fuerte sea ser emprendedores de lo social.
Porque esta vez, o desmontamos el teatrillo de una vez, o el teatrillo nos devora a nosotros.
Y que nadie se llame a sorpresa. Las urnas internas no solo eligen líderes. También miden cuánto estamos dispuestos a despertar.
Conclusiones:
- Seguir ocultando problemas solo los hace más grandes y más difíciles de desmontar.
- La política profesionalizada mal entendida no se corrige sola: hay que desactivarla pieza por pieza.
- La gestión política tiene limites: No se puede estar permanentemente ajustando el discurso.
- La militancia tiene más poder del que a veces quiere admitir… y también más responsabilidad.
- Elegir liderazgos no es una ceremonia sentimental, sino una decisión estratégica con impacto real.
- Sin honestidad, transparencia y autocrítica, cualquier cambio será solo decoración.
- El verdadero giro empieza cuando dejamos de normalizar lo inaceptable y exigimos algo mejor.
- Hay que acabar con los cheques en blanco. el poder censitario tiene que tener unos limites claros.



