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Opinión,  Política

La batalla por la mayoría social: la izquierda y el algoritmo

Cómo reconstruir una mayoría social para el siglo XXI

Hay una paradoja fascinante en la política española. La izquierda ha impulsado algunas de las transformaciones sociales más profundas de nuestra historia reciente, pero cada vez le cuesta más convencer a una parte importante de la sociedad de que esas transformaciones merecen la pena. Es como ese cocinero que prepara una paella extraordinaria y, cuando llega la hora de servirla, se olvida de poner los platos en la mesa.

Mientras la derecha ha comprendido que la política moderna consiste en buena medida en construir relatos emocionales, la izquierda sigue pensando que basta con presentar una hoja de cálculo. Y resulta evidente en la actualidad, que la sociedad no se enamora o encandila con una hoja de cálculo muy elaborada.

El extraño país donde los logros se olvidan

España es uno de los pocos países donde una persona puede defender la sanidad pública, utilizar la educación pública, cobrar una pensión pública y beneficiarse de derechos conquistados por gobiernos progresistas mientras asegura que la izquierda no ha hecho nada por ella.

Es una crítica al ciudadano, pero también es una constatación política.

La jornada laboral limitada, las pensiones universales, la sanidad pública, la dependencia, el matrimonio igualitario, la subida del salario mínimo, las becas, la ampliación de derechos civiles o la revalorización de las pensiones son hitos que forman parte de la vida cotidiana de millones de personas.

El problema es que la izquierda suele inaugurar las conquistas sociales y la derecha suele ganar la batalla del relato posterior.

Es como si unos construyeran el puente y otros colocaran la placa conmemorativa.

La fábrica del enfado

Durante décadas la izquierda organizó ateneos, casas del pueblo, asociaciones vecinales, sindicatos y movimientos culturales, hoy compite contra una maquinaria infinitamente más poderosa: el algoritmo.

El algoritmo no quiere ciudadanos informados, quiere usuarios enfadados. Un vecino que lee tranquilamente un informe sobre vivienda produce pocos clics. Un vecino convencido de que una conspiración internacional quiere sustituirlo por inmigrantes produce muchos más.

La economía digital ha convertido la indignación en una materia prima extraordinariamente rentable, y la derecha internacional ha aprendido a explotar ese fenómeno con enorme eficacia.

Cuando la izquierda dejó de hablar el idioma de la mayoría

Durante mucho tiempo la izquierda fue percibida como la fuerza política que representaba a trabajadores, pensionistas, jóvenes y clases medias, sin embargo, en determinados momentos pareció más preocupada por ganar discusiones en redes sociales que por ganar conversaciones en la barra de un bar, en una comunidad de vecinos o en un centro de trabajo.

El resultado fue evidente, muchos trabajadores siguieron siendo trabajadores, pero dejaron de sentirse representados por quienes históricamente habían defendido sus intereses. La izquierda no perdió solamente votos, realmente perdió vínculos. Desgraciadamente, recuperar vínculos es mucho más difícil que recuperar votos.

El PSOE y su responsabilidad histórica

El PSOE no es simplemente un partido político más, es la principal organización progresista de la historia contemporánea española. Sus mayores éxitos llegaron cuando fue capaz de convertirse en una fuerza transversal; Felipe González ganó porque logró conectar con una sociedad que quería modernización; José Luis Rodríguez Zapatero ganó porque supo interpretar una demanda social de ampliación de derechos; Pedro Sánchez ha conseguido avances importantes en empleo, salario mínimo, pensiones y crecimiento económico.

Sin embargo, ningún partido puede vivir eternamente de sus éxitos.

La política es una bicicleta: cuando deja de avanzar, cae. La cuestión no es únicamente gestionar bien, la cuestión es conseguir que la ciudadanía comprenda qué se está haciendo, por qué se está haciendo y quién se beneficiaría si se deshiciera.

La integración de la mayoría social

La izquierda necesita abandonar la tentación de hablar únicamente para los convencidos. Una mayoría social no se construye sumando tribus ideológicas, se construye integrando sectores distintos, trabajadores industriales, autónomos, funcionarios, jóvenes precarios, pensionistas, inmigrantes integrados, clases medias preocupadas por la vivienda y familias que llegan con dificultad a fin de mes.

La izquierda gana cuando consigue que todos ellos se reconozcan en un proyecto común, pierde cuando cada colectivo habla únicamente consigo mismo.

Menos superioridad moral y más empatía

Uno de los errores más frecuentes del progresismo consiste en confundir razón con persuasión. Tener razón no garantiza convencer, muchas personas que votan opciones conservadoras no son multimillonarios, ni reaccionarios profesionales, ni enemigos de los derechos sociales, son trabajadores, autónomos, jubilados o pequeños empresarios que interpretan la realidad de otra manera.

La izquierda debe combatir ideas que considera equivocadas, pero sin convertir automáticamente al discrepante en un enemigo moral.

Las mayorías se construyen empatizando y movilizando de cara a una esperanza de futuro, y nunca ejerciendo una suerte de persuasión focalizada en los miedos al pasado.

Recuperar el relato

La política moderna se parece cada vez más a una disputa por el sentido común. Quien consigue definir qué problemas son importantes y cómo deben interpretarse posee una ventaja enorme.

La izquierda necesita volver a contar historias comprensibles, historias sobre empleo digno, vivienda asequible, seguridad económica, igualdad de oportunidades, patriotismo constitucional, convivencia, etc.

Porque cuando la izquierda deja de explicar sus logros, otros explican sus fracasos, y cuando otros explican tus fracasos, suelen exagerarlos.

Conclusiones

Primera. La izquierda necesita reconstruir una mayoría social amplia, transversal y popular, capaz de integrar sensibilidades diversas alrededor de objetivos compartidos.

Segunda. El PSOE debe recuperar su papel como gran articulador de consensos progresistas, fortaleciendo alianzas sociales y culturales más allá de la competición electoral inmediata.

Tercera. La política no puede limitarse a la gestión institucional. Es imprescindible reconstruir tejido social, presencia territorial y espacios de encuentro ciudadano.

Cuarta. La izquierda debe recuperar el relato. Gestionar bien es imprescindible, pero explicar bien es igualmente necesario.

Quinta. Es necesario combatir la desinformación, pero también evitar comportamientos, conflictos internos, errores de comunicación o actitudes que faciliten a los adversarios la construcción de fake news, campañas de desgaste o narrativas basadas exclusivamente en la gestión permanente del conflicto.

Sexta. La ejemplaridad pública, mas allá de la legalidad jurídica, debe convertirse en una prioridad estratégica. Cada incoherencia multiplica el impacto de los adversarios, y debilita la credibilidad de las propuestas progresistas.

Séptima. La izquierda debe abandonar cualquier tentación de dirigirse únicamente a los convencidos y volver a hablar el lenguaje cotidiano de la mayoría social.

Octava. El gran desafío del progresismo en el siglo XXI no es ganar una discusión en redes sociales. Es conseguir que el vecino del quinto, el camarero del barrio, la enfermera, el pensionista, el estudiante y el autónomo vuelvan a sentir que forman parte de un mismo proyecto colectivo.

Porque las sociedades avanzan cuando construyen puentes, y la izquierda nació precisamente para construirlos.

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