OBJETIVO: RECONSTRUIR EL RELATO DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA
Introducción: el poder de gobernar el relato
Este texto parte de una premisa clara: sin relato la gestión se erosiona; sin hegemonía cultural, el poder se vuelve frágil.
Gobernar no es únicamente administrar recursos ni aprobar leyes. Gobernar es, sobre todo, dar sentido al tiempo que se gobierna. El Partido Socialista ha sido históricamente una fuerza capaz de hacer ambas cosas: transformar materialmente la vida de la gente y convertir esos cambios en normalidades compartidas.
Hoy, sin embargo, vivimos una tensión evidente. El PSOE gana elecciones, lidera gobiernos y sostiene mayorías, pero no siempre logra que esa acción de gobierno se traduzca en hegemonía cultural duradera. Otros actores explican el malestar, interpretan el presente y nombran los miedos, incluso cuando no gobiernan, pero dominan el relato.
1. El relato como responsabilidad socialdemócrata
Para el PSOE, el relato no es un accesorio ni una técnica de comunicación. Es una responsabilidad inherente al ejercicio del poder democrático.
La socialdemocracia nació para ordenar el conflicto social, no para intensificarlo. Su función histórica ha sido convertir demandas dispersas en derechos, y derechos en instituciones estables. Eso es relato: la capacidad de hacer comprensible el sentido del progreso.
Cuando renunciamos a explicar el porqué de nuestras decisiones, dejamos espacio a discursos que reducen la política a nostalgia, miedo o resentimiento.
2. Hegemonía y sentido común: dónde se decide la política
La política no se decide solo en las urnas. Se decide en el terreno del sentido común, en aquello que la ciudadanía percibe como razonable, posible y normal.
Hoy, la derecha y la ultraderecha compiten con ventaja en ese terreno porque han simplificado el marco: orden frente a caos, seguridad frente a descontrol, identidad frente a incertidumbre.
La izquierda institucional, en cambio, ha respondido con fragmentación discursiva, tecnicismo y una acumulación de causas sin jerarquía. Reconstruir hegemonía implica volver a ordenar el mundo simbólicamente.
3. Definir el concepto de normalidad progresista
Toda época política se define por su idea de normalidad. La derecha propone una normalidad nostálgica. Nosotros debemos proponer una normalidad funcional y justa.
Normal es: – que trabajar permita vivir – que la vivienda no sea una lotería – que los servicios públicos funcionen – que las reglas se cumplan
Esta normalidad no es conservadora. Es profundamente transformadora porque reduce la incertidumbre vital.
4. La mayoría social cansada como sujeto político
El PSOE existe para representar a la mayoría social trabajadora. Hoy esa mayoría no está radicalizada: está desafectada y agotada.
Cansada de la precariedad, de la inflación, del ruido permanente, de la sensación de que todo es conflicto. Quiere soluciones, no épica diaria, ni tuits encendidos. Quiere estabilidad, no sobresaltos.
Hablar a esa mayoría no es rebajar el proyecto. Es devolverle centralidad democrática.
5. El orden cotidiano como valor de izquierda
Uno de los mayores errores estratégicos ha sido abandonar el concepto de orden.
Para el socialismo democrático, el orden no es imposición. Es igualdad aplicada. Sin normas claras y cumplidas, los derechos se vacían.
Por eso debemos afirmar con claridad: – la ley se cumple – el abuso no se normaliza – la convivencia se protege
El orden democrático no limita la libertad, la hace posible.
6. Seguridad y Estado de derecho
La seguridad no puede seguir siendo un tabú progresista.
Sentirse seguro en el barrio, en el transporte o en el trabajo es un derecho social. El Estado protege con políticas sociales, pero también con autoridad legítima.
Reivindicar una policía democrática y eficaz no es derechizarse. Es defender el contrato social.
Cuando el PSOE no ocupa este espacio, otros lo llenan con miedo y exclusión.
7. Menos pedagogía moral, más empatía política
Una parte del discurso progresista ha adoptado un tono moralizante que aleja a sectores amplios de la ciudadanía.
El socialismo no debe hablar desde la superioridad ética, sino desde la experiencia compartida.
Reconocer el cansancio social no es claudicar. Es el primer paso para gobernar bien.
8. Jerarquizar para gobernar
No todo puede ser prioritario al mismo tiempo.
La hegemonía se construye cuando existe un orden claro de preocupaciones: – vida cotidiana – seguridad material – servicios públicos – derechos y libertades
No se trata de renunciar a causas, sino de hacerlas sostenibles políticamente.
9. Patriotismo cívico y proyecto de país
La izquierda no puede seguir cediendo la idea de nación.
España no es un símbolo excluyente. Es una comunidad de ciudadanos que se cuidan a través de lo público.
Defender la sanidad, la educación, las pensiones y la ley es una forma de patriotismo democrático.
Ese patriotismo integra y cohesiona.
10. Gobernar también es mostrar poder
El poder democrático no debe esconderse.
Decisiones claras, límites visibles y conflictos resueltos generan confianza.
El orden no se proclama: se demuestra.
11. Gestión convertida en relato de época
La gestión se vuelve relato cuando produce hábitos nuevos.
Cuando algo deja de ser una excepción y pasa a ser normal, estamos construyendo época.
El reto del PSOE es explicar qué tipo de vida hace posible su acción de gobierno.
12. Corrupción y coherencia democrática
La corrupción destruye el relato del orden.
Por eso el mensaje debe ser inequívoco: en el PSOE, las reglas valen para todos.
La prevencion y las sanciones rápidas y claras no debilitan al partido. Lo legitima.
13. Coaliciones sin disolución del liderazgo
Gobernar en coalición no implica diluir el liderazgo político.
El PSOE debe articular un marco común de época en el que quepan distintas sensibilidades progresistas.
Quien define el tiempo histórico articula el espacio político.
14. Frente a la ultraderecha: serenidad y firmeza
La ultraderecha crece cuando el Estado parece débil.
La respuesta no es imitar su tono, sino demostrar capacidad de gobierno, orden y protección.
Menos estridencia. Más eficacia visible.
15. Democratizar el poder: talento, relevo generacional y emprendedores de lo social
Si el objetivo es reconstruir un relato creíble de orden democrático, hay una condición previa, eliminar la concentración oligárquica del poder político e institucional.
No hablamos de élites económicas externas al sistema democrático, sino de algo más incómodo y cercano: la endogamia política. Un ecosistema cerrado donde los mismos perfiles rotan durante décadas entre cargos orgánicos, institucionales y de asesoría; donde el capital principal no es el conocimiento ni la solvencia técnica, sino la lealtad interna; donde el acceso se regula más por pertenencia que por mérito. Este modelo no solo genera desgaste ético. Genera algo políticamente letal: desconexión social.
El problema no es la experiencia, es la falta de renovación
La experiencia es un valor. La permanencia indefinida, no.
Cuando el poder se cronifica:
– se empobrece la mirada – se repiten marcos agotados – se pierde contacto con la vida real – se confunde partido con institución –
La ciudadanía no percibe estabilidad, percibe oligarquía. Y una izquierda percibida como oligárquica pierde automáticamente autoridad moral para hablar de igualdad, reglas justas y ascenso social.
Cambio generacional no como estética, sino como estructura
El relevo generacional no puede limitarse a poner caras jóvenes con lógicas viejas. Debe implicar:
– nuevos recorridos vitales – trayectorias profesionales fuera de la política – contacto real con sectores productivos, sociales y técnicos – menor dependencia económica de la carrera política –
La política no puede ser la única salida profesional de quien la ejerce. Quien no puede volver a la vida civil sin miedo, no es libre cuando gobierna.
Perfiles técnicos con base ideológica clara
Tecnocracia sin ideología es gestión vacía. Ideología sin conocimiento técnico es voluntarismo.
La reconstrucción del relato exige perfiles que combinen:
– solvencia técnica demostrable – comprensión de la complejidad institucional – base ideológica socialdemócrata clara – capacidad de decisión sin sectarismo –
Gobernar bien no es improvisar valores. Es convertir valores en sistemas que funcionan.
Independencia económica como condición democrática
Uno de los grandes silencios del sistema político, es que la dependencia económica de la política genera sumisión interna.
Un proyecto progresista serio debe fomentar:
– límites temporales reales en cargos – puertas de salida dignas al mundo profesional – incompatibilidades claras – rotación efectiva –
No para debilitar la política, sino para liberarla. La independencia económica es una forma de libertad política.
Emprendedores de lo social: el nuevo sujeto político
La izquierda necesita dejar de reclutar solo militantes profesionales. Necesita emprendedores de lo social. Personas que:
– hayan creado o coordinado proyectos colectivos – gestionado equipos multidisciplinares – liderado proyectos de innovación pública o comunitaria – haber asumido riesgos fuera del BOE –
Ese es el talento que entiende:
– cómo se sostiene un proyecto – cómo se gestionan recursos escasos – cómo se rinde cuentas – como se coordina a través de objetivos – cómo se protege lo común sin retórica –
El futuro del liderazgo progresista no está solo en el aparato. Está en quienes ya están cambiando la realidad desde fuera.
Democratizar el acceso al poder como parte del relato del orden
No hay relato de orden creíble si el poder parece capturado. No hay convivencia si las reglas no se aplican también dentro.
Abrir el sistema político al talento diverso no es un gesto moral. Es una decisión estratégica.
Porque un partido que se renueva: – vuelve a escuchar – vuelve a aprender – vuelve a representar
Y solo quien representa de verdad puede aspirar a liderar políticamente un espacio temporal.
Menos oligarquía. Más talento. Más independencia. Más vocación de servicio.
No para debilitar el poder democrático, sino para devolverle su sentido original: servir, proteger y transformar sin apropiarse de él.
16. Conclusión: gobernar para que la vida funcione
El socialismo democrático no está para administrar el ruido, sino para dar estabilidad a la vida común.
Cuando protegemos, ordenamos y hacemos funcionar la vida cotidiana, no solo gobernamos: construimos época.
Nuestro compromiso es claro: Convivir no es aguantar. Es cuidarnos con reglas justas.
Ese es el orden que defendemos. Ese es el PSOE que quieren los ciudadanos.
Epílogo: España 2028, un país que funciona
Hablar de España 2028 no es hacer futurismo. Es asumir una responsabilidad política concreta: anticipar el país que estamos construyendo hoy y explicarlo con claridad.
España 2028 debe reconocerse como un país que funciona. No perfecto, pero fiable. Un país donde la vida cotidiana no es una carrera de obstáculos y donde el esfuerzo vuelve a tener sentido porque las reglas se cumplen.
En 2028, la normalidad socialista debe ser visible en hechos simples:
– trabajar y llegar a fin de mes sin miedo constante – acceder a una vivienda sin hipotecar toda una vida – servicios públicos que responden, no que improvisan – barrios cuidados donde la convivencia es la regla, no la excepción –
España 2028 es un país que ha reducido la incertidumbre vital.
Un Estado que protege y ordena
En esta España, el Estado no es distante ni arbitrario. Es cercano, eficaz y previsible.
Protege con políticas sociales sólidas, pero también con autoridad democrática. La ley se cumple porque es justa y porque se aplica sin excepciones.
La seguridad no divide. Cohesiona.
Prosperidad compartida y transición justa
España 2028 no renuncia al crecimiento, pero lo orienta.
La transición ecológica no es un castigo ni una consigna: es una oportunidad industrial, laboral y territorial. Produce empleo estable, reduce dependencias y mejora la calidad de vida.
La prosperidad deja de concentrarse y empieza a distribuirse.
Cohesión territorial sin ruido identitario
En 2028, España ha aprendido que la cohesión no se impone ni se niega: se construye.
La diversidad territorial convive con un proyecto común porque lo común funciona. Cuando el Estado cumple, la identidad deja de ser una trinchera.
Democracia tranquila y madura
España 2028 no vive instalada en la excepción.
Las instituciones funcionan, los conflictos se canalizan y la política recupera su función principal: resolver problemas colectivos.
Menos crispación. Más confianza.
El papel del PSOE en ese espacio temporal
Nada de esto ocurre solo. España 2028 existe si el PSOE asume su papel histórico: ser el partido que convierte el cambio en normalidad y el progreso en estabilidad. No desde la nostalgia ni desde la resignación, sino desde una convicción clara: gobernar es cuidar el tiempo común.
España no necesita gritos para avanzar. Necesita un rumbo. Si en 2028 vivir en España es más previsible, más seguro y más justo que hoy, entonces habremos cumplido.
Ese es el horizonte. Ese es el compromiso. Y ese es el socialismo democrático del siglo XXI.
Si todo esto se cumple, es que hemos ganado las elecciones de 2027



