Venezuela, Trump y el arte de inventar enemigos
Cuando la geopolítica se parece demasiado a un mal guion
Hay invasiones que empiezan con tanques y otras que comienzan con micrófonos. La ofensiva de Donald Trump contra Venezuela pertenece a esta segunda categoría: amenazas altisonantes, acusaciones endebles y una narrativa que se desmorona cuando se contrasta con los hechos reales e históricos.
Donald Trump no habla de Venezuela desde la perspectiva diplomática. Habla como quien habla de una propiedad particular. Amenaza, acusa, promete “orden” y deja caer, sin rubor, la idea de que Estados Unidos podría gobernar Venezuela mucho mejor que los propios venezolanos.
Trump y su entorno han intentado vincular a Nicolás Maduro con el tráfico de fentanilo hacia Estados Unidos. El problema es que el fentanilo no se produce en Venezuela ni pasa por sus rutas principales. La DEA, informes del Congreso y organismos internacionales han señalado repetidamente que la cadena del fentanilo se articula principalmente entre Asia, México y el mercado estadounidense. Venezuela no encaja en ese mapa, salvo como villano conveniente.
Cuando la evidencia falla, el discurso populista sube el volumen.
Dictador sí. Hipocresía también.
Que Maduro es un dictador es una realidad que no tiene mucha polémica. Lo verdaderamente polémico es presentar esa condición como justificación automática para una intervención militar o un secuestro internacional selectivo.
La incoherencia se hace evidente con una simple pregunta, si Estados Unidos actúa contra dictadores, ¿por qué mantiene alianzas estratégicas con otros regímenes autoritarios?. La respuesta no es ideológica, es económica y geopolítica.
No es una acusación reciente. Ya en 1953, el primer ministro iraní Mohammad Mossadegh fue derrocado con apoyo estadounidense tras nacionalizar el petróleo. El problema no fue su autoritarismo, sino su desafío a intereses energéticos occidentales.
Ochenta años de intervenciones, un patrón persistente
En los últimos 80 años, Estados Unidos ha intervenido directa o indirectamente en numerosos países. Algunos casos clave ilustran bien la lógica subyacente:
- Vietnam (1955–1975)
Justificado bajo la teoría del dominó y un incidente fabricado o exagerado, el Golfo de Tonkín (1964). Años después, el propio secretario de Defensa Robert McNamara reconoció que la base del conflicto fue una “percepción errónea” convertida en guerra total. - Panamá (1989)
Manuel Noriega, antiguo colaborador de la CIA, pasó de aliado a enemigo cuando dejó de ser útil. La invasión se justificó en nombre de la democracia y la lucha contra el narcotráfico, curiosamente los mismos argumentos reciclados hoy. - Irak (2003)
Colin Powell mostró en la ONU un frasco simbólico para justificar la invasión por “armas de destrucción masiva”. Años después, el propio Powell calificó ese episodio como una “mancha” en su carrera. Las armas nunca aparecieron, pero el petróleo sí estaba allí desde el principio. - Libia (2011)
Muamar el Gadafi fue eliminado tras una intervención de la OTAN presentada como humanitaria. El resultado fue un Estado fallido, milicias armadas y rutas de tráfico humano. Democracia, cero. Caos, máximo.
No lo dijo un activista radical, lo dijo un general estadounidense, Smedley Butler, dos veces condecorado, escribió en 1935:
“La guerra es un negocio. Siempre lo ha sido.”
Venezuela no es una anomalía, es una repetición
Venezuela posee una de las mayores reservas de petróleo del planeta y una posición estratégica en América Latina. No es necesario un gran ejercicio de imaginación para entender por qué aparece en el radar de Washington cada vez que el gobierno estadounidense necesita un enemigo externo que distraiga problemas internos.
Trump no inventó esta lógica, pero la simplificó hasta volverla grotesca. Amenazas por redes sociales, recompensas con estética de cartel del Lejano Oeste y una política exterior más cercana a un reality show que a la diplomacia.
La oposición venezolana también dijo no
Aquí hay un dato que Trump y sus seguidores prefieren ignorar, una parte significativa de la oposición venezolana rechaza públicamente cualquier intervención militar extranjera y, en particular, las declaraciones de Trump sobre gobernar el país.
Dirigentes opositores, incluso profundamente críticos con Maduro, han dejado claro que el cambio político debe de ser venezolano, no impuesto desde Washington. Porque una cosa es oponerse a una dictadura y otra muy distinta es aplaudir una ocupación. El mensaje fue incómodo para el discurso trumpista, ni siquiera todos los enemigos de Maduro quieren a Estados Unidos como administrador colonial.
Y además, algo que ha dejado perplejos a propios y extraños, es el descarte, por parte de Trump, de Corina Machado como líder de Venezuela en la transición. Trump se ha manifestado explícitamente, cuestionando la capacidad de Machado para gobernar Venezuela ,comentando que “no tiene ni el apoyo ni el respeto necesario dentro del país”.
Esto crea una contradicción abierta: por un lado, la oposición ve con esperanza cualquiera que debilite al chavismo; por otro, el propio plan de Trump parece excluir a quien ellos consideran una figura central de la alternativa democrática.
Tendencias generales en la comunidad internacional
- Amplia condena a la intervención militar directa como violación de las normas de soberanía nacionales.
- Llamadas generalizadas al respeto de la Carta de la ONU y al uso de la diplomacia para resolver conflictos internos.
- Preocupación por el precedente global que supone que una potencia intervenga militarmente en un país sin un mandato multilateral.
- Reacciones de apoyo más polarizadas y minoritarias, muchas orientadas ideológicamente o dentro de discursos alineados totalmente con Washington.
Hipótesis de futuro
El mundo cansado del mismo libreto
Si este conflicto escalara, las consecuencias no serían locales. Afectaría al precio de los productos energéticos derivados del petróleo, generará tensiones entre bloques globales, flujos migratorios y una ya frágil estabilidad internacional. El mundo actual no está diseñado para absorber otra guerra basada en excusas recicladas.
Sin embargo, hay una grieta de esperanza.
En 1961, el presidente Dwight D. Eisenhower, general de cinco estrellas, advirtió al pueblo estadounidense sobre el poder del “complejo militar-industrial”. No hablaba de enemigos externos, sino de una maquinaria interna que necesita conflictos para justificarse. Hoy, esa advertencia resuena más que nunca.
La ciudadanía global está menos dispuesta a aceptar guerras envueltas en discursos morales inconsistentes. La información circula, las contradicciones se exponen y el viejo guion pierde eficacia. Tal vez el futuro no consista en invadir países, sino en dejar de invadir la inteligencia colectiva con argumentos que no resisten un archivo histórico.
Y quizá, solo quizá, ahí empiece una esperanza real.



