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Opinión,  Editorial,  Política

Independencia americana: Cuando los rebeldes se convirtieron en imperio

De los “porqués” de la independencia de Estados Unidos a la política exterior de Donald Trump

La historia política de Estados Unidos se apoya en un relato fundacional cuidadosamente pulido: un pueblo que se alzó contra la arbitrariedad imperial en nombre de la libertad, la representación y la soberanía. Sin embargo, el examen comparado entre los motivos que llevaron a las trece colonias a independizarse del Imperio británico y determinadas prácticas contemporáneas de la política exterior estadounidense revela una continuidad menos celebrada.

No se trata de una contradicción anecdótica, sino de una paradoja estructural.


Los fundamentos de la ruptura de 1776

La Guerra de Independencia de los Estados Unidos (1775-1783) no fue un gesto espontáneo de rebeldía, sino el desenlace de una acumulación de tensiones políticas, económicas e ideológicas entre las colonias americanas y la Corona británica tras la Guerra de los Siete Años.

Los llamados “porqués” de la independencia han sido ampliamente documentados y rara vez discutidos en su legitimidad.

Impuestos sin representación: la ilegitimidad del poder distante

Tras la Guerra de los Siete Años, Gran Bretaña trasladó parte de su deuda a las colonias mediante instrumentos fiscales como la Ley del Timbre, las Leyes Townshend y la Ley del Té. El problema no era exclusivamente económico, sino político: las colonias carecían de representación en el Parlamento británico.

El principio de no taxation without representation sintetizaba una crítica fundamental al ejercicio del poder sin consentimiento. Una crítica que, conviene recordarlo, no ha perdido vigencia conceptual.

Restricciones económicas y control comercial

El sistema mercantilista británico obligaba a las colonias a comerciar prioritariamente con la metrópoli, limitando su desarrollo industrial, su expansión territorial y su acceso a mercados alternativos. La libertad económica era aceptable solo en la medida en que no cuestionara la jerarquía imperial.

El libre comercio, como suele ocurrir, tenía un claro centro de gravedad.

Identidad política y autonomía

Las colonias habían desarrollado instituciones propias y una cultura política diferenciada. El intento británico de reforzar el control administrativo fue percibido como una regresión incompatible con esa identidad emergente. Gobernar desde la distancia resultó eficaz hasta que dejó de ser tolerable.

Ilustración y legitimidad

Las ideas ilustradas de soberanía popular, derechos naturales y limitación del poder proporcionaron el marco intelectual para justificar la ruptura. El poder, sostenían los líderes coloniales, debía responder a los gobernados, no imponerse sobre ellos.

De la protesta al conflicto armado

El Motín del Té de Boston y la respuesta represiva de la Corona británica cerraron el espacio para una solución negociada. Lexington y Concord marcaron el inicio de una guerra que culminó con el Tratado de París de 1783 y el reconocimiento de la independencia estadounidense.


Estados Unidos como actor hegemónico: el giro del espejo

En el escenario internacional contemporáneo, Estados Unidos ocupa una posición estructuralmente similar a la que Gran Bretaña ocupaba en el siglo XVIII. Durante la presidencia de Donald Trump, esta condición se expresa de manera particularmente explícita, tanto en el ámbito comercial como en el militar.

Política comercial y coerción económica

Las guerras comerciales impulsadas por la administración Trump, el uso extensivo de aranceles y sanciones económicas, y la presión sobre países aliados y rivales revelan una concepción instrumental del comercio internacional. La apertura de mercados es defendida como principio general, salvo cuando contradice intereses nacionales concretos.

Desde la perspectiva de los países afectados, el margen de negociación suele ser limitado. La representación, inexistente.

Intervenciones, soberanía y retórica democrática

Las intervenciones militares directas o indirectas, así como el apoyo a cambios de régimen, se han justificado mediante un discurso que combina democracia, lucha contra la corrupción, anticomunismo y mantenimiento de la paz. La coherencia entre los principios invocados y los resultados obtenidos suele quedar fuera del marco narrativo oficial.

La soberanía ajena, como en otros tiempos, es un concepto flexible.

Democracia sin representación global

Los colonos del siglo XVIII denunciaban un poder que legislaba sobre ellos desde un centro lejano. Hoy, muchas decisiones que afectan de forma directa a economías y sociedades enteras se toman fuera de cualquier estructura de representación internacional efectiva.

La diferencia es que ahora el procedimiento se denomina “orden internacional basado en reglas”.


Continuidades históricas y paradojas políticas

La comparación entre los motivos de la independencia estadounidense y determinadas prácticas de la política exterior contemporánea no pretende equiparar contextos, sino señalar continuidades en el ejercicio del poder. Control económico, presión política y legitimación moral del dominio no son anomalías históricas, sino constantes adaptables.

El imperio que se rechazó no desapareció. Cambió de forma, de lenguaje y de símbolos.


Conclusión: independencia como principio, no como monopolio

Los valores que fundamentaron la independencia de Estados Unidos conservan su fuerza precisamente porque son universales. El problema surge cuando se aplican como patrimonio exclusivo y no como criterio general.

Si las trece colonias hubieran sido objeto de políticas similares a las que hoy Trump ejerce desde Washington, difícilmente habrían hablado de estabilidad, sino de dominación y tirania.

La historia, en este punto, no ironiza. Simplemente observa.


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